Una sincronía atemporal me ha llevado a percibir las tardes de verano en la calle Real. Allí los veranos eran muy calurosos, el sol caía a plomo y en el piso la ventanas permanecían bajadas hasta más allá de la mitad de la ventana, con una penumbra sostenida con los trozos de luz que se colaban entre las lamas, la temperatura, acorde con esa penumbra, era soportable, en casa parecía que no hubiera nadie, todo era silencio, tan solo el tic-tac del reloj despertador atestiguaba de que, bajo mínimos, había vida.
Siempre hay vida cuando alguien en algún lugar da cuerda a un reloj, el único instrumento que testifica entre el amanecer y el atardecer, entre la salida y la ocultación de la luna, el tiempo intermedio entre tales acontecimientos.
Estoy casi seguro de que en ese tiempo debía tener 9 años, para mi y a la vista de mi paternidad, a esa edad los niños conservan toda su limpieza y, al mismo tiempo, albergan trazas de su evolución a estadios superiores.
Como la masa de pan que acabada su fermentación está a la espera de entrar en el horno donde la magia del calor consolidará su condición.